Presencia en lo cotidiano.

Es común pensar que meditar es algo que ocurre en un momento específico del día.

Me siento.

Cierro los ojos.

Practico.

Y después sigo con la vida.

Pero con el tiempo aparece otra comprensión: la práctica no termina cuando abrís los ojos. Empieza a notarse en lo cotidiano.

En cómo respirás cuando estás apurado.

En si registras la tensión en los hombros antes de responder un mensaje.

En si podés hacer una pausa antes de contestar en una discusión.

En si notás el cansancio antes de exigirte un poco más.

La presencia no es un estado especial. Es un gesto pequeño.

Es darte cuenta de que estás caminando rápido, y elegir bajar el ritmo.

Es notar que estás reaccionando, y elegir esperar unos segundos.

Es registrar que algo te incomoda, y en lugar de evitarlo automáticamente, quedarte un momento más.

La práctica formal —sentado, respirando, caminando con conciencia— es entrenamiento. La vida cotidiana es el campo real donde eso se pone en juego. No hace falta aislarse del mundo para practicar.

Hace falta recordar. Recordar que podés volver.

Mientras lavás los platos. Mientras manejás. Mientras esperás. Mientras hablás con alguien.

No se trata de estar atentos todo el tiempo. Eso sería otra forma de exigencia.

Se trata de volver cada vez que lo notás.

La presencia no elimina los problemas, pero cambia la manera en que los atravesás. Y muchas veces, esa diferencia es suficiente.


Tal vez no se trate de practicar solo para estar mejor cuando

meditás,

sino de practicar para estar un poco más consciente cuando vivís.

Gerardo.


Abril, 2026.

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